La teoría de la selección natural es una transferencia creativa a la biología de la argumentación básica de Adam Smith en favor de una economía racional: el equilibrio y el orden de la naturaleza no surgen de un control más elevado y exterior (divino), o de la existencia de leyes que operen directamente sobre la totalidad, sino de la lucha entre los individuos por su propio beneficio (en términos modernos, por la transmisión de sus genes a las generaciones futuras a través del éxito diferencial en la reproducción).Fragmento de El camino de en medio de Darwin, en El Pulgar del Panda, de Stephen Jay Gould.
Mucha gente se siente desasosegada al escuchar semejante planteamiento. ¿Acaso no compromete la integridad de la ciencia el que algunas de sus conclusiones fundamentales se originen, por analogía, de la política y la cultura contemporáneas en lugar de a partir de los datos de la propia disciplina? En una famosa carta a Engels, Karl Marx identificaba las similitudes entre la selección natural y la situación social en Inglaterra:“Resulta notable ver cómo Darwin reconoce entre las bestias y las plantas a su sociedad inglesa, con su división del trabajo, su competencia, su apertura de nuevos mercados, sus ‘invenciones’ y la ‘lucha por la supervivencia’ malthusiana. Es el bellum omnium contra omnes (‘la guerra de todos contra todos’) de Hobbes.”
Y, no obstante, Marx era un admirador de Darwin; y en esta aparente paradoja se encuentra la respuesta. Por motivos que comprenden todos los temas que he subrayado aquí (que el inductismo es inadecuado, que la creatividad exige amplitud, que la analogía es una profunda fuente de percepciones), los grandes pensadores no pueden divorciarse de su medio (y origen) social. Pero el origen de una idea es una cosa; su verdad o su fecundidad, otra. La psicología y la utilidad de los descubrimientos son temas extremadamente diferentes. Darwin puede haber sacado la idea de la selección natural de la economía, pero aun así, puede ser correcta. Como escribió el socialista alemán Karl Kautsky en 1902: “El hecho de que una idea emane de una clase en particular, o esté de acuerdo con sus intereses, no prueba, por supuesto, nada acerca de su verdad o falsedad”. En este caso resulta irónico que el sistema del laissez-faire de Adam Smith no funcione en su propio terreno de la economía, ya que lleva al oligopolio y la revolución y no al orden y la armonía. No obstante, la lucha entre los individuos parece ser ley de la naturaleza.
Mucha gente utiliza tales argumentos acerca del contexto social para adscribir las grandes percepciones fundamentalmente al indefinible fenómeno de la buena suerte. Así, Darwin tuvo la suerte de nacer rico, tuvo la suerte de viajar a bordo del Beagle, tuvo la suerte de vivir rodeado de las ideas de su época, tuvo la suerte de tropezar con el pastor protestante Malthus; fue esencialmente poco más que un hombre en el lugar preciso en el momento preciso. Y, no obstante, cuando leemos la historia de su lucha por comprender, y de la amplitud de sus preocupaciones y sus estudios, y de la orientación de su búsqueda de un mecanismo para la evolución, comprendemos por qué Pasteur pronunció su famosa frase de que la fortuna favorece a la mente preparada.
divendres, 24 de febrer del 2012
Selección natural: historia y fortuna
dissabte, 3 de setembre del 2011
Cavanilles, los ecosistemas costeros y El Puig
Antonio José Cavanilles fue un botánico valenciano que recibió, en la primavera de 1791, el encargo de “recorrer la España para examinar los vegetales que en ella crecen” por orden del Rey Carlos IV. Como no podía ser de otra forma, Cavanilles comenzó por su tierra, Valencia, donde no se limitó únicamente a estudiar la vegetación, sino que hizo un análisis de todos los aspectos importantes para ella: relieve, suelo, agricultura, poblaciones y usos del territorio en general. De este recorrido, de este “reencuentro con su pueblo y su paisaje” surgieron las Observaciones sobre la Historia Natural, Geografía, Agricultura, población y frutos del Reyno de Valencia. Surgió sin precedentes, y aún hoy en día supone una obra maestra, un clásico, y un texto imprescindible para conocer la realidad valenciana del siglo XVIII, así como la actual.
Un ejemplo:
“La abundancia de aguas, lo profundo del suelo y el hallarse este anegado muchas veces sugirió la idea de cultivar arroces en los sitios hondos que por espacio de dos leguas siguen por los términos de Puzól, Puig, la Creu, Masamagréll, Masalfasár, Albuixéc, Albalát, Foyos y Meliana. Cultivóse efectivamente el arroz por algunos años, causando siempre á la salud daños gravísimos, los quales llegáron á tal punto en 1784, que la pestilencial epidemia no solamente afligió los pueblos de arroz sino tambien los occidentales á donde llegaba el ayre corrompido. Apenas quedó hombre que no enfermase de peligro, pagando muchos con la vida. Hubo aquel año en la villa del Puig 160 muertos, quando su poblacion llegaba apenas á 300 vecinos. […] Este horrendo espectáculo, y los informes y representaciones de Curas y Médicos, motivaron la sabia providencia de prohibir el arroz en aquellos marjales, con que renació la salud y abundancia. Tiene el arroz poderosos alicientes para los propietarios, y un interes que deslumbra á los jornaleros; por donde se ven muchos preocupados contra la evidencia. […] Purificada la atmósfera, y fortificándose cada dia la salubridad propia del país, se disperto la industria, y aumento el cultivo. Se abriéron anchos y profundos canales para dar curso á las aguas, levantando las superficies de los campos con las tierras que daban las excavaciones: desecáronse muchos campos de tal modo que hoy se dan hermosas viñas en sitios ántes pantanosos. El color verde de los vegetales publica las mejoras que han recibido.”
En este fragmento, Cavanilles nos muestra uno de los motivos por los que los ecosistemas húmedos costeros (marjales, malladas…) han sido castigados durante siglos. A pesar de la rentabilidad del cultivo del arroz, las zonas encharcadas llegaron a suponer un problema de salud pública. Así, decidieron echar tierra de por medio (literalmente) y cambiar a otras formas de cultivo.
A pesar de todo, hoy he descubierto aquí estas pruebas gráficas de que en el siglo XX existieron de nuevo arrozales en El Puig:
Arrozales, con El Puig y la Serra Calderona de fondo, 1972.
Arrozales, con el Monasterio de Santa María de El Puig de fondo (a la derecha de la imagen), 1972.